De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Cada quien puso manos a la obra con ese apetito feroz que despierta el aire de la montaña después de un paseo matinal. Los perros, atados a unos árboles, tendían hacia nosotros sus cadenas con toda la fuerza de que eran capaces, nos miraban con ojos ardientes y parecían listos a devorar no sólo nuestro almuerzo sino también a nosotros mismos; esos perros medio salvajes tenían un aspecto terrible. Algunos panes fueron sobriamente distribuidos entre toda la jauría. Había que conservarles la fuerza sin quitarles la avidez. El perro común caza sobre todo para él y no para su amo.
Estábamos muy dispuestos, en nuestra calidad de animales razonables, a no imitar esa sobriedad; pero nuestro viejo Medias de Cuero, así habíamos bautizado y a muy justo título al cazador que nos había servido de intermediario frente nuestros nuevos conocidos; pero nuestro viejo Medias de Cuero nos hizo notar que el sol ascendía en el horizonte, y que todavía teníamos al menos una hora de marcha antes de llegar a la primera batida. Guardamos los comestibles, tapamos los odres, volvimos a entonelar las olivas, y nos pusimos de pie.
Vi a Paul atar tranquilamente su caja de platería a su asno.
—¿Y bien, Paul? —le pregunté.
—¿Qué, señor?
—¿La platería?
—Está contada.