De Paris a Cadiz

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Entró en una de las chozas, que le sirvió de toril, nosotros nos recostamos al pie de las nuestras, hasta aquellos que se encontraban más perezosamente tendidos alrededor del fuego se irguieron y la corrida comenzó. No le faltaba nada; tres picadores, montados sobre los hombros de camaradas robustos, vigilaban la izquierda del toril, y los otros, pañuelos en mano, se ubicaron a la derecha. Uno de los toreros dió la señal de entrada con un tal talento para la imitación, que nos creímos realmente en la plaza, y el toro humano se precipitó sobre los picadores; en un instante los había derribado; hubo quienes rodaron a la hondonada con sus improvisados caballos, y durante cinco minutos hubo un revoltijo de hombres, un concierto de gritos imposible de describir; cuando el toro se quedó solo, cuando hubo abatido a todos los combatientes, Giraud no pudo contenerse, y tomando la manta de Desbarolles fue a capear al toro, lo que tuvo el mayor éxito entre nuestros compañeros y cerró los goces de la montaña dejando la última victoria a los franceses.







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