De Paris a Cadiz

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XXXIII

Córdoba, 8.

A las seis estábamos en pie; nuestro aseo no requería demasiado tiempo; los más activos descendieron hasta la pequeña fuente, los perezosos se hicieron traer agua en platos y cacerolas. Comimos un bocado a toda prisa, y partimos. Presidió el almuerzo la misma profusión de víveres que la cena de la víspera; se habría dicho que los sacos, los odres, los barriles eran inagotables. La caza comenzó en las mismas condiciones que la víspera; pero nuestra mala suerte de la víspera nos persiguió; a mí, durante todo el día: no vi más que un jabalí, que pasó fuera de mi alcance; en compensación, debo hacerle justicia diciendo que era por lo menos de la talla del jabalí de Calidón.

Pero la naturaleza, como para resarcirnos de esta escasez de montería, desplegaba ante nosotros infinitos esplendores; era, a veces, un valle con todos los accidentes de sus luces y sombras, y sus estrechas perspectivas en el fondo de las cuales se veía, a través de un horizonte azulado, una porción de llanura con alguna aldea pintoresca o alguna casa de campo aislada y perdida bajo los naranjos; otras veces, una sucesión de prados que componían un mar de verdor con olas gigantescas, perdiéndose en horizontes infinitos, y todo aquello, por momentos, parecía silencioso, magnífico y solitario, como si el pie del hombre jamás hubiese osado alcanzar esas alturas.


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