De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Córdoba, 8.
A las seis estábamos en pie; nuestro aseo no requerÃa demasiado tiempo; los más activos descendieron hasta la pequeña fuente, los perezosos se hicieron traer agua en platos y cacerolas. Comimos un bocado a toda prisa, y partimos. Presidió el almuerzo la misma profusión de vÃveres que la cena de la vÃspera; se habrÃa dicho que los sacos, los odres, los barriles eran inagotables. La caza comenzó en las mismas condiciones que la vÃspera; pero nuestra mala suerte de la vÃspera nos persiguió; a mÃ, durante todo el dÃa: no vi más que un jabalÃ, que pasó fuera de mi alcance; en compensación, debo hacerle justicia diciendo que era por lo menos de la talla del jabalà de Calidón.
Pero la naturaleza, como para resarcirnos de esta escasez de monterÃa, desplegaba ante nosotros infinitos esplendores; era, a veces, un valle con todos los accidentes de sus luces y sombras, y sus estrechas perspectivas en el fondo de las cuales se veÃa, a través de un horizonte azulado, una porción de llanura con alguna aldea pintoresca o alguna casa de campo aislada y perdida bajo los naranjos; otras veces, una sucesión de prados que componÃan un mar de verdor con olas gigantescas, perdiéndose en horizontes infinitos, y todo aquello, por momentos, parecÃa silencioso, magnÃfico y solitario, como si el pie del hombre jamás hubiese osado alcanzar esas alturas.
