De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Cada tanto, un grito de impaciencia o un gemido de dolor me demostraba que hacía su aprendizaje; el aprendizaje le parecía rudo. Interrogué a mis compañeros. Poutrel estaba en su décimo viaje por España. En cuanto al gentilhombre, era español. Este estado de cosas se tornaba grave. A menos que viaje yo con alguien cuya conversación me interese enormemente, tengo la buena o mala costumbre —la cosa puede encararse desde uno u otro punto de vista— de dormir encarnizadamente desde el momento en que he puesto un pie dentro de un coche. Parece que aprovecho esos momentos perdidos que es preciso consagrar a la locomoción para atrapar ese sueño tras el cual, en las circunstancias comunes de la vida, es decir, cuando trabajo quince horas al día, corro siempre sin alcanzarlo jamás. Me empaqueté la cabeza con todos los fulares que encontré, y por encima de mis fulares coloqué mi capuchón, esperaba amortiguar así los golpes. Todo fue inútil; al cabo de un cuarto de hora de decepción, me vi obligado a reconocer que me encontraba en la imposibilidad de apoyar la cabeza contra los tabiques del coche.