De Paris a Cadiz

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Después de largos adioses a mis compañeros que, una hora después que yo, debían tomar la misma ruta, partimos. Observe, Madame, que Alexandre no ha vuelto a aparecer. Pregunté por él, lo reclamé, no apareció en absoluto. El coche partió.

En cuanto comenzaron a girar las ruedas, comencé a sospechar en qué abismo de dolores había caído. El coche de posta, que iba como el viento, brincaba sobre el empedrado de Sevilla como si las ruedas hubiesen sido de goma elástica; por desgracia, el interior estaba relleno con suficiente parsimonia como para que todos esos saltos tuviesen un grave inconveniente. Como yo conocía desde hacía mucho tiempo el empedrado de las ciudades españolas, la cosa no me inquietó mucho en un principio. Pero una vez en la ruta, cuando vi que este baile continuaba, me asaltó una seria preocupación. Mis dos compañeros parecían perfectamente habituados a este ejercicio, y ya ni siquiera se quejaban. Encima de mí pude oír a Boulanger, quien bailaba por su parte en su caja como una avellana dentro de la cáscara.





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