De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz A mediodía, Boulanger se instaló dentro de su caja y yo dentro de la mía; la única diferencia que había entre nuestras dos cajas era que la de Boulanger era pequeña y la mía grande, la de Boulanger solitaria y la mía habitada. El conductor se había ubicado al lado del postillón, sobre una tablita unida a la parte delantera del cupé. Los habitantes de la caja más grande, es decir, mis compañeros de viaje eran, uno un negociante francés, llamado Poutrel, que había asistido a la famosa cena de Madrid; usted sabe, Madame, aquélla en la que fumamos cinco francos en cigarros a los postres. El otro era un gentilhombre de Sevilla, que llegaba de un viaje por Italia y regresaba a casa. Era afortunado tener a esos dos compañeros de viaje, uno que me hablaba de la Francia que los dos habíamos dejado, el otro que me hablaba de la Sevilla adonde nos dirigíamos los tres.
Desde que me vieron, hubo entre el gentilhombre español y Poutrel otro combate que hacía juego con aquel que había tenido lugar entre Boulanger y yo. Como yo había llegado primero, no tenía derecho sino a la ubicación del medio. Cada uno de mis dos compañeros quiso cederme su lado. Sospeché de ellos, perdón por este mal pensamiento, Madame, sospeché de ellos después de saber lo que hacían. Me debatí largamente; finalmente, como había hecho con Boulanger, tuve que aceptar. Opté por el lado de Poutrel. Tomé ese maldito rincón, y me instalé en él.