De Paris a Cadiz

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En consecuencia, Francisco Ruiz tiró abajo el techo de la torre morisca y la hizo subir cien pies, es decir, tres pisos, el primero de los cuales encierra o, mejor, contiene las campanas que cada vez que baten dejan ver su boca, y sacan la lengua de hierro a los cuatro puntos cardinales hacia los que miran. El segundo es una terraza rodeada por una balaustrada calada y lleva escrito cuatro veces sobre su cuádruple cornisa: Turris fortissima nomen Domini. El tercero es una cúpula sobre la que gira una gigantesca figura de la Fe: hacer de la Fe una veleta, ya que Giralda no quiere decir otra cosa que veleta, es una idea bastante singular; pero los habitantes de Sevilla estuvieron tan encantados con su Giralda, cuando la vieron mirar por encima de las montañas y conversar con los ángeles, que no se pelearon para nada con su padrino sobre las analogías. Tuvieron razón, es maravilloso ver girar en un rayo de sol esa figura de oro con las alas desplegadas que, como un pájaro celestial cansado por una larga carrera, parece haber elegido para descansar por un momento el punto más cercano al cielo. Añada a esto, Madame, que la Giralda presenta un tono rosado que no he visto en ningún otro monumento, como si quisiera, mala cristiana como siempre será, hacer palidecer a su hermana, la torre Bermeja de Granada.



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