De Paris a Cadiz

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A medida que nos acercábamos a Sevilla, los cactos y los aloes, olvidados por un momento, parecían renacer; esas enormes formaciones vegetales, albergadas cada tanto por la sombra de una palmera, dan a las llanuras un aspecto de inaudito esplendor; por último, como para agregar un carácter supremo al paisaje, a la izquierda de la ruta se eleva uno de esos acueductos como los que se ve correr en fragmentos aislados en ese magnífico desierto denominado la llanura de Roma. Por lo demás, una legua antes de Sevilla, Sevilla ya es Sevilla, es decir, la ciudad del ruido, de la animación, de la luz; todo lo contrario de los alrededores de Córdoba, donde las rutas parecen conducir a alguna necrópolis moderna, los caminos de Sevilla están irisados de campesinos, campesinas, mulos, arrieros, gitanos, contrabandistas; todos ríen, todos cantan, todos rasgan guitarras y mandolinas, interrumpiéndose para entrar en conversación sin conocerse, para decirse: «Buen día, vaya con Dios». Se diría que toda esa gente es tan feliz, está tan contenta, tiene tanta alegría de vivir, que todo el tiempo necesitan confirmar, por el mero sonido de sus voces, que están vivos realmente.





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