De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Seguíamos a esas tropas o más bien, pasábamos en medio de todas esas tropas, ya que nuestro coche de posta no había disminuido su velocidad, rebotando como una bola que se hace rodar sobre los adoquines; y, cosa increíble, toda esa gente que por poco aplastábamos, que se hacía a un lado apartando a sus niños, tirando de sus asnos, dejando caer sus fardos, toda esa gente reía, arrojaba flores a nuestro postillón, al que, en Francia, le hubiesen arrojado piedras, y las andaluzadas, las risas y las bromas nos perseguían tan lejos como podíamos oírlas.
Por fin entramos en la ciudad, que a primera vista me pareció tener el defecto de estar dedicada al amarillo; es cierto que el amarillo es el color nacional de España, pero ese color que queda tan bien en los limones y las naranjas, me parece de lo más desafortunado para los militares y para las casas. Llegamos, siempre bailando, saltando, rebotando, al hotel donde debíamos detenernos; descendimos de un salto de nuestro cupé, y recibimos en nuestros brazos a Boulanger, que se arrojó de cabeza desde su caja. Una posta más, nos aseguró Boulanger, y se volvía loco.