De Paris a Cadiz

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XXXV

Sevilla, 10 de noviembre.

Si por azar le ha sucedido, Madame, entre todos los buenos deseos que de ninguna manera dudo tendrá la bondad de pedir por mí a la Providencia, si le ha sucedido, decía, desearme un buen sueño, su deseo ha sido concedido. Dormí doce horas, y me desperté alrededor de las once de la noche, más alegre y menos amoratado de lo que creía. Nuestros compañeros habían llegado hacía cinco horas, a excepción de Alexandre y de Desbarolles; se durmieron, y a su vez se despertaron hacia las cinco de la mañana.

Entonces pude tener noticias, no sólo de los presentes, sino también de los ausentes. Los presentes están molidos, lógicamente, aunque la diligencia sea menos dura que el coche de posta, no porque tenga mejor suspensión, sino porque es más pesada. En cuanto a los ausentes, las noticias consisten en que no hay ninguna noticia de ellos. En el momento de la partida, Alexandre faltó lisa y llanamente a la llamada, y Desbarolles declaró, como devoto compañero, que esperaría a que apareciese Alexandre, y que no se presentaría ante mí si no era acompañado por Alexandre. Decididamente creo, Madame, que Desbarolles es el mejor de todos nosotros.


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