De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz No he visto nada tan calmo y delicioso como esa noche. La luna, que tenÃa que vengarse de treinta y seis horas de lluvia, reinaba como dominadora en el cielo, y expandÃa una luz igual a la de un dÃa de Occidente. Sólo que esa luz era más suave, más serena, más armoniosa. Todos los ruidos del dÃa, gritos de vendedores, rodar de coches, anfractuosidad de los empedrados, morÃan para hacer lugar a los misteriosos ruidos de la noche. De tanto en tanto, el estremecimiento de una guitarra pasaba por el aire, sacudiendo algunas notas risueñas, desgranadas debajo de un balcón y llevadas por la brisa, entre los flotantes aromas de los limoneros y los jazmines. Se sentÃa que toda esta ciudad, tan alegre durante el dÃa, guardaba una parte de su alegrÃa para el sueño; que una parte de sus habitantes velaba para amar, y que la otra parte dormÃa para soñar amores.