De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Le decía entonces que me había despertado alrededor de las once de la noche. Al despertarme, lo confieso, no tenía mucha idea de dónde estaba. Miré a mi alrededor, y vi un delicado rayo de luna que iluminaba las tinieblas de mi cuarto atravesando el salón. Deslicé los pies por un pantalón, me calcé las pantuflas, y seguí el rayo de luna, que me condujo directo a la puerta. Esa puerta estaba abierta. ¿Imagina usted, Madame, una puerta de salón que da a su recámara, el 10 de noviembre, abierta? ¿Tiembla de frío, verdad, de sólo pensarlo? Crucé el umbral de esa puerta, y me encontré en una galería interior que da toda la vuelta al patio. La galería está iluminada por arcadas de mármol, y da a un jardín de treinta pies cuadrados. Dos o tres naranjos cargados de frutos llenan por completo ese jardín. Frente a mí se eleva una especie de mirador, perteneciente a la casa contigua, cuyos azulejos brillan al rayo de la luna como las escamas plateadas de un pez gigantesco.