De Paris a Cadiz

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XXXVI

10 de noviembre.

Nada de Alexandre, Madame, y por ende nada de Desbarolles. Le escribo a Paroldo para tener noticias de uno u otro. Sin la historia de Saint-Prix, casi me inquietaría, pero el ejemplo que tengo ante la vista me tranquiliza. Además, Desbarolles tiene su carabina.

Nuestra colonia aumenta visiblemente. Hoy, de camino hacia el coche buscando a nuestros dos fugitivos, vi descender de él a dos parisinos de pura sangre, que me reconocieron a primera vista gracias a la cantidad de horribles litografías que me van traicionando a lo largo de todo el bulevar. Son los señores de Montherot y de Nugeac, que se dirigen, el primero a Lisboa, donde es agregado de la embajada, el segundo a Oporto, en donde fue nombrado cónsul. En las circunstancias en que se encuentra Portugal los dos preferirían, creo, ir a comer naranjas a otra parte.

Esto no les impide por lo demás ser de una alegría encantadora; las personas de ingenio, lo sabe usted, Madame, no son para nada tristes; no sé si estoy interesado en el asunto, pero lo que puedo decir de mí es que en mis mayores tristezas escribí mis páginas más alegres. Henos pues aquí, en total, sin contar a Alexandre y Desbarolles que se unirán a nosotros uno de estos días, eso esperamos, ocho franceses instalados en casa de maestre Rica. Es decir, Madame, que maestre Rica no tiene más que seguir como hasta ahora.


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