De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Su devoto servidor, Madame, continúa de homenaje en homenaje. Apenas estuve instalado en ese famoso salón que la luna visita tan misteriosamente por la noche, y del que ya rompí tres sillas por la mera presión de mi persona, fenómeno que se explicará sin duda más adelante, recibí allí a una delegación del único diario de literatura que se imprime en Sevilla, La Giralda. No le he dicho, Madame, que Giralda era en Sevilla la palabra de moda. ¿Puede entender usted un diario que en Francia se llamaría La Veleta?[122] En suma, los señores redactores de La Giralda son jóvenes encantadores. Me trajeron versos en mi alabanza, impresos en letras de oro, a los que responderé, en moneda menos rica tal vez, pero en fin, a los que responderé en la primera ocasión.
Además, el director del teatro les había encargado que pusieran el susodicho teatro a mi disposición. Me invitaba a decidir el repertorio durante todo el tiempo que durara mi estadía en Sevilla. Mi gusto muy marcado por el jaleo, por el fandango y por la jota aragonesa u otras, había llegado ya a Sevilla sobre las alas de la notoriedad. Me enviaban un programa coreográfico que incluía todas las danzas de la península, advirtiéndome que no tenía más que elegir.