De Paris a Cadiz

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XXXVII

12 de noviembre.

Por fin, Madame, ayer a las cuatro llegaron.

Sólo que Alexandre perdió su sombrero en Córdoba y su gorra en el camino. Yo esperaba en la oficina de la diligencia. Desde lejos, vi el cañón de la carabina de Desbarolles que asomaba por la ventanilla, y grité ¡Noël! Alexandre no esperó que el coche se detuviera para saltar a mis brazos: lo atrapé al vuelo. Entonces me contó, con esa ilación que usted le conoce, una larga historia que trata de un sastre, de un perro y de un cuchillo; de esos tres objetos, sólo conozco personalmente uno. Es el cuchillo, el famoso cuchillo comprado en Châtellerault por la suma de cinco francos. Según parece, rindió servicios por un millón.

Sin duda Alexandre le contará todo eso un día, Madame; entonces usted me lo contará a mí, y tal vez acabe yo por comprender algo. Desbarolles no me contó nada en absoluto; sólo me confesó que había estado seriamente preocupado, y que por un momento había temido verse obligado a apelar a su carabina. Por lo demás, Madame, ha de saber que los mismos españoles ya no llaman a Desbarolles de otro modo que Gastibelza. En suma, llevamos en andas hasta el hotel a los dos trotamundos. Parece que los víveres no habían jugado un papel de primer orden en toda esa ilíada, pues morían de hambre.


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