De Paris a Cadiz

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Una noche, don Juan salía (sería para mí muy embarazoso decirle de dónde salía don Juan, Madame, si, en relación con Córdoba, no le hubiese hablado de la casa de Séneca en particular y de los caravasares en general), don Juan salía de un lugar muy malo, cuando se cruzó con un cortejo que se dirigía a la iglesia de San Isidro. Don Juan era muy curioso, sobre todo cuando estaba borracho, y aquella noche don Juan había querido comparar los vinos de Italia con los vinos de España; y, luego de un largo balance, había acabado por declarar, bebiendo de una vez toda una botella de Chypre, que los vinos griegos eran los reyes de los vinos. Don Juan, cuya curiosidad estaba exaltada esa noche, preguntó entonces a los portadores cómo se llamaba en vida el pecador que iban a depositar en la tierra. «Se llamaba el señor don Juan de Marana», respondieron éstos. Comprenderá, Madame, que la respuesta impresionó a nuestro hidalgo, que se creía real y muy vivo, y que tenía toda clase de razones para ello. Por eso, no se dejó convencer en absoluto por aquella respuesta; detuvo el cortejo y pidió ver al muerto. Esto era cosa fácil en España, como aún hoy en Italia: en esa época se enterraba a los muertos a cara descubierta. Los portadores obedecieron, depositaron su fardo; don Juan se inclinó hacia el rostro del cadáver, y se reconoció perfectamente. La cuestión lo desembriagó. Don Juan vio en este suceso una advertencia del cielo más seria que ninguna de las que había recibido antes. Siguió al cadáver a la iglesia, que encontró completamente iluminada y servida por una multitud de monjes de una extraña palidez, que no hacían ningún ruido al caminar, y cuyas voces cantaban el Dies iræ, dies illa con un acento que nada tenía de humano. Don Juan comenzó a cantar con ellos; pero poco a poco su voz se detuvo en su gaznate. Cayó sobre una de sus rodillas, luego sobre las dos, finalmente con su cara fue a dar contra el suelo, y al día siguiente lo encontraron desmayado sobre las baldosas.


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