De Paris a Cadiz

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Quince días después, don Juan tomó el hábito monacal, y fundó el hospicio de la Caridad, al que legó todos sus bienes. Es verdad que el espíritu de don Juan ya había sido golpeado por una aventura no menos asombrosa que ésta. Una noche, cuando regresaba al muelle donde se eleva la Torre del Oro, habiéndose apagado su cigarro (don Juan tenía todos los defectos, Madame, y por ende era un fumador empedernido), una noche, pues, en que su cigarro se había apagado, vio al otro lado del río, ancho en ese sitio como el Sena en Rouen, vio a un individuo cuyo cigarro llameante destellaba en cada aspiración como una estrella. Don Juan, que no sospechaba nada, y que, gracias al terror que él había inspirado, tenía la costumbre de ver a todo el mundo obedecer sus caprichos, don Juan interpeló al fumador, y le ordenó que cruzara el Guadalquivir y le trajera fuego. Pero éste, sin tomarse tanto trabajo, alargó el brazo hacia don Juan y lo alargó tanto que el brazo atravesó el Guadalquivir como un puente, y vino a traer a don Juan, para que volviera a encender el suyo, un cigarro que olía a azufre como para hacer temblar. Pero don Juan no tembló o, al menos, aparentó no hacerlo: encendió su cigarro con el del fumador y prosiguió su camino cantando Los Toros de la puerta. Aquel fumador era el diablo en persona, que había apostado con Plutón que le daría un susto a don Juan, y que regresó al infierno furioso por haber perdido.


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