De Paris a Cadiz

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XL

Cádiz, noche del 19 de noviembre.

Ya ve, Madame, que los barcos se suceden pero no se parecen. Pasamos altivamente a media legua del cadáver del pobre Trajano, atrapado todavía en las arenas de la orilla, y esperando la marea alta para ponerse a flote, sin que le ocurriese al Rápido el menor accidente.

Son las siete de la tarde, estamos instalados en la fonda de Europa; dejamos Sevilla esta mañana a las diez. A las nueve de la mañana de ayer, una calesa tirada por siete mulas me esperaba, no en la puerta del hotel, pues los coches de un caballo no pueden llegar hasta esa puerta, sino en la plaza vecina, que debe ser la plaza de la Constitución. En España, todas las plazas se llaman plaza de la Constitución. Nunca he visto nada tan elegante como ese tiro, con su arnés de seda roja y amarilla, sus pompones, sus penachos de plumas, sus cascabeles, sus lazos, su zagal y su cochero.

El señor Ecala, tal el nombre del gentilhomme con quien yo había venido desde Córdoba a Sevilla, el señor Ecala, por su parte, también nos había enviado su coche, de modo que nos encontramos con tres lugares disponibles. Uno de esos tres lugares pertenecía por derecho a Buisson; el otro fue ofrecido a Saint-Prix.


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