De Paris a Cadiz

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XLI

Me fastidia por su nombre pintoresco y por la idea que se hace usted de él, Madame; pero el Guadalquivir está lejos de ofrecer en sus orillas ese aspecto encantado que le han atribuido los poetas árabes que lo vieron, y los poetas franceses que no lo vieron. Los poetas árabes estaban cautivados por el aspecto del Guadalquivir. En efecto, para gentes habituadas a la visión de esos ríos africanos, torrentes en invierno, simples arroyuelos en verano, era algo maravilloso el desarrollo de esa gran masa de agua que avanza ensanchándose hacia el mar. Por eso lo llamaron, como hemos dicho, el Oued-el-Kebir, es decir, el gran río. Los poetas franceses, por su parte, que no habían visto el Guadalquivir, creyeron a los poetas árabes palabra por palabra, y aumentaron la apuesta como lo hacen en todo. Quedaban los poetas españoles, que hubiesen podido restablecer la verdad. Pero los poetas españoles no pudieron, por su parte, juzgar más que por comparación; y, al comparar el Guadalquivir con el Manzanares, encontraron que el Guadalquivir era un gran señor. Además era el único río navegable; y cuando no se tiene más que un río navegable, ¿cómo hablar mal de ese río?




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