De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Llegamos a las puertas de la ciudad. Pero allà nos esperaba la verdadera aduana: los aduaneros que habÃamos visto sobre la escollera no eran más que una pequeña fuerza de choque. Nuestro arsenal habÃa despertado la susceptibilidad de los señores recaudadores; estaban empecinados en saber el porqué de tal cantidad de fusiles. Desde la toma del Trocadero no se habÃa visto en Cádiz un pertrecho semejante.
Nos habÃan dado en Sevilla la dirección de la fonda de Europa; asà que nos hicimos conducir hasta allÃ. Era la mejor de Cádiz, nos habÃan dicho.
En efecto, comparado con las atroces posadas de las dos Castillas, la Mancha y AndalucÃa que venÃamos de probar, su aspecto era el de un verdadero palacio. Nos instalaron en el primer piso, en el apartamento más bonito del hotel. Apenas estuvimos allÃ, un mozo subió para preguntarme si querÃa recibir a monsieur Vial, segundo de a bordo del Véloce.
—¡Por supuesto que sÃ! —exclamé—; hágalo subir.