De Paris a Cadiz

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El teniente de navío Vial se apersonó. Era un hombre de cuarenta años, de rostro abierto y simpático. Ante el primer anuncio de un oficial del Véloce habíamos presagiado un gran acontecimiento. No nos habíamos equivocado. El teniente Vial venía a anunciarnos en nombre del capitán Bérard que por orden del gobernador general de Argelia, la corbeta a vapor Le Véloce quedaba desafectada de su servicio para ponerse a nuestra disposición. Nos miramos unos a los otros con un aire de satisfacción que no pasó desapercibido al teniente de navío.

Además, debía entregarnos una encantadora carta del comandante Ferey, cuñado de monsieur de Salvandy y yerno del mariscal Bugeaud. Me escribía en nombre del gobernador general de Argelia, y me invitaba a que me dirigiera a Argel donde, decía, era esperado con impaciencia. El barco que me ofrecía monsieur Vial me había sido positivamente prometido a mi partida por monsieur de Salvandy. Yo lo había puesto como una de las condiciones para el viaje; pero, lo confieso, no creía que el gobierno pusiera semejante gracia en su ejecución. En fin, tal como la Carta Magna, el barco a vapor se había hecho realidad. Faltaba encontrar a Alexandre.




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