De Paris a Cadiz

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XLII

¡Ay, Madame!, tengo algo muy triste y sobre todo muy humillante que contarle. Acabamos de ser echados del hotel de Europa por mala conducta. No hace falta decir que es a la pobre Julia a quien debemos esta afrenta. No quiero decirle cuál es el nuevo Ulises al que seguía la moderna sirena; pero el hecho es que la madre no era más que un pretexto, y Cádiz un medio. No pretendo por ello que Julia no tuviera madre, o que Julia no amara a su madre, sólo que el amor filial no era el único amor de la pobre niña. Pues, ya le he contado, Madame, de qué manera, obedeciendo a su amor y tal vez un poco a su apetito, Julia había venido la víspera a la hora de la cena, y por la mañana a la hora del almuerzo.










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