De Paris a Cadiz

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Encontramos a Julia en nuestro camino; estaba muy tentada de unirse a nuestro cortejo, así debiese llevar algo. Pero le enviamos a su Ulises para que le explicara que creíamos haber hecho bastante para defender en el extranjero la galantería francesa. La pobre Julia se retiró suspirando y dando su dirección. Después de una cierta vacilación, después de esas idas y venidas muy naturales en personas que no conocen una ciudad, abordamos la posada de las Cuatro Naciones, donde fuimos recibidos por el dueño del hotel, por los camareros, por los pinches y las mozas de cocina.

Nuestra aventura había causado sensación; el suceso era conocido. El dueño del Cuatro Naciones era naturalmente rival del dueño del Europa: debía pues ser tan bueno para nosotros como malo era el otro. Además, Madame, nos recibía con todos los honores de la guerra. En cuanto aparecimos en el extremo de la calle, patrón, camareros, pinches y mozas de cocina se precipitaron sobre nosotros como una nube de gaviotas sobre un banco de sardinas. Luego cada uno reemprendió el vuelo, llevando algo en su pata. Por un momento temimos que la exagerada diligencia resultara aún más desventajosa para nosotros que la exagerada negligencia; pero al inventariar nuestro equipaje, hay que decirlo para gloria del personal del Cuatro Naciones, nada faltó.


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