De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Como debÃamos partir esta mañana para dar un paseo alrededor de la bahÃa, pasamos la tarde recorriendo tiendas de esteras. Las esteras son la especialidad de Cádiz. No conozco nada más pulcro, más coqueto, más elegante que esas grandes esteras blancas, flexibles como telas con sus dibujos y bordes rojos y negros. Compré no sé cuántos metros que Le Véloce tendrá la bondad de transportarnos hasta Argel, y luego en Argel me veré en aprietos si no encuentro una oportunidad para hacerlas llegar a Francia.
A las nueve de la mañana, monsieur Huet vino a buscarnos en coche. Ordené dirigirnos al correo, que está en la plaza Mina, y no en la plaza de la Constitución, como yo creÃa. Pero todavÃa es demasiado temprano, no se distribuÃan las cartas. No necesito decirle, Madame, que la carta ilustrada que recibà ayer de Alexandre me tranquilizó sólo a medias. El español del sombrero y el capote sobre los ojos me inquieta; felizmente existe un cuchillo de Châtellerault, que Alexandre obtuvo de la Providencia a cambio de cuatro francos, cosa que me tranquiliza un poco.
Lo que acaba de traerme un poco de tranquilidad al espÃritu es esa puerta abierta y esa pequeña mano que aparece. Es evidente que Alexandre tiene aliados en el lugar; y que los aliados, el aliado o la aliada de Alexandre son los enemigos, el enemigo o la enemiga del español.
