De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Pero la expedición estaba condenada de antemano; el conde Julián perdió doscientos navÃos, cien galeras a remo, y a toda su gente, salvo cuatro mil de ellos. El conde Julián tenÃa una hija. Se llamaba doña Florinda. Doña Florinda era la más bella del reino. El conde Julián la cuidaba como a un tesoro. Ella nunca habÃa salido, jamás un hombre que no fuera su padre le habÃa visto el rostro. Y al partir su padre le habÃa permitido por todo paseo un jardÃn sombreado por grandes árboles, cuyo follaje, cuando estaba inmóvil, interceptaba la visión como un telón.
Entonces, mientras el huracán dispersaba la flota de su padre, doña Florinda, que lo creÃa atracado y vencedor, doña Florinda bajó al jardÃn con sus amigas, y se acostó sobre la hierba. Sus amigas se acostaron a su alrededor. Las imprudentes jovencitas se creÃan al amparo de todas las miradas. Entonces, doña Florinda les propuso que se midieran las piernas con una cinta de seda amarilla. Sus amigas comenzaron a hacerlo, y luego, una vez que cada una hubo tomado la medida de su pierna con la cinta, doña Florinda tomó la cinta a su vez y midió la suya. Y sucedió que doña Florinda tenÃa, entre todas ellas, la pierna más fina y elegante. Todas estuvieron de acuerdo.