De Paris a Cadiz

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Pasó otro cuarto de hora antes de que ésta se abriese e iluminase. Por fin, vimos aparecer una candela, y luego a una vieja. Ella nos condujo a una especie de mansarda donde dormía el conductor. Yo no sé lo que habrá pasado por la mente de ese buen hombre cuando al salir de su sueño vio a tres hombres de pie junto a su cama, envueltos en sus respectivos abrigos. Sin duda se creyó caído en un círculo de ajusticiadores, ya que la primera expresión de su fisonomía fue el terror. Le explicamos enseguida el motivo de nuestra visita.

Entonces nos dijo que efectivamente un joven alto y rubio, de cabello castaño y rizado, había reservado un lugar, y lo había ocupado incluso. Pero a una legua de Córdoba, el joven había hecho detener el coche de posta, había saltado a tierra, dado un luis al conductor, pronunciado algunas palabras que él no había podido oír, y emprendido la carrera a través de los campos. Esa carrera lo había llevado tan lejos, y en una dirección tan opuesta a la que el conductor debía seguir, que éste había considerado inútil esperar al fugitivo y había seguido su camino. Nos mostró su hoja. En efecto, eran tres los pasajeros inscritos. El primero era el oficial. El segundo, la dama. El tercero, Alexandre. No cabía ninguna duda, nombre y apellido estaban escritos letra por letra.


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