De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Corrí al hotel. Tal vez Alexandre había secuestrado a la joven dama, y para mayor seguridad se había puesto el uniforme. Hubiese preferido verlo solo que acompañado; pero en fin, prefería volver a verlo acompañado que no volver a verlo en absoluto. Como yo no podía prever la aventura de Julia, había dicho a Alexandre que nos encontraría en la fonda de Europa. Ningún militar, ninguna joven dama habían aparecido por allí. Me fui a toda carrera al hotel de las Cuatro Naciones. Nada. Allí recogí a Desbarolles. Desbarolles no había querido venir al baile. ¿Por qué? ¡Oh, Madame!, ése es un secreto entre Desbarolles y su traje.
Pero Desbarolles no opuso resistencia alguna para acompañarme a buscar al conductor. Regresamos al correo. Puerta cerrada. Golpeamos en lo del vecino. El vecino abrió. Solicitamos al vecino la dirección del conductor. El vecino no sólo nos la dió, sino que se ofreció a conducirnos hasta la casa donde aquél vivía, jurándonos y perjurándonos que jamás la encontraríamos solos. ¡Dios mío, cuánta razón tenía el digno vecino! Corrimos cerca de un cuarto de hora por unas callecitas del tipo de las que desembocan en el Sena del lado de la Grève. Finalmente, nos detuvimos frente a una casa completamente a oscuras.