De Paris a Cadiz

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Pero evidentemente es posterior. Felizmente, hay correo esta tarde. Es la última oportunidad. Ya sea que Alexandre llegue o no, hemos decidido que el día siguiente, es decir el de hoy, sería el día de nuestra partida. Además nuestro excelente Saint-Prix se compromete a quedarse a nuestra zaga, y a esperar a Alexandre hasta que llegue. En consecuencia, le dejo la mitad de mi dinero. ¡Oh, Madame, si usted supiese qué suspiro lanzo al escribir esta línea! El hijo pródigo, al menos, no comía más que su patrimonio, mientras que Alexandre come el de la sociedad. Afortunadamente el baile que ofrecen para mí (creo haberle dicho, Madame, que una encantadora gaditana ofrece un baile en mi honor), afortunadamente ese baile me acerca al correo. El correo de Sevilla pasa bajo las ventanas. Comprenderá usted con cuánta impaciencia he esperado ese correo. Pasó un cuarto de hora después de la medianoche. Me escapé sin ser visto; tomé mi albornoz y corrí al correo. El conductor debía llevar mucha prisa por acostarse, pues por mucho que intenté dar con él, no encontré más que al postillón. Usted sabe cómo hablan los postillones de todos los países; el hábito de hablar con sus caballos o sus mulas les hace desaprender poco a poco la lengua en que se habla a los hombres. Todo cuanto pude comprender de lo que me decía fue que en el coche de posta sólo había un oficial y una joven dama.


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