De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz A medida que avanzábamos, engañados por un efecto óptico, veíamos venir hacia nosotros las cumbres azuladas de la Somosierra,[20] vía no menos temida en otros tiempos por los viajeros que este camino de Lerma, donde había sido interceptado nuestro amigo Faure. Eran las cinco de la tarde cuando comenzamos a remontar las primeras pendientes. Es una de las montañas que se elevan a la izquierda del camino que lleva de Aranda a Madrid, que fue conquistada, delante de los ojos de Napoleón, por la caballería polaca. Esta montaña presenta un declive similar al de un tejado común. Para atravesar este paso, la guarnición de nuestro arreo fue elevada a doce mulas.
Al despertar por la mañana, vimos en el horizonte de un vasto desierto algunos puntos blancos que se destacaban dentro de una bruma violeta: era Madrid. Una hora más tarde entrábamos en la capital de las Españas por la Puerta de Alcalá, la más bella de sus puertas, y poníamos pie a tierra en la cuadra de los coches de posta. Haber llegado no bastaba, había que encontrar alojamiento; pero un alojamiento en una época como ésta, en semejante circunstancia, no era cosa fácil.