De Paris a Cadiz

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Pero, dirá su banquero, había que prever la situación, escribir con anticipación, hacer reservas de hotel. Primero, tendrá usted la bondad de responder a su banquero, Madame, que partimos de un día para otro, que por lo tanto no teníamos tiempo para tomar nuestras medidas al respecto. A continuación agregará usted, y él recordará este hecho por cuya causa los fondos bajaron en tres francos; agregará que los diarios habían anunciado que España entera estaba en revolución, que las rutas estaban infestadas de guerrillas, y que había enfrentamientos en las calles de Madrid… Y he aquí nuestro razonamiento. Si se combate en las calles de Madrid, con seguridad encontraremos habitaciones en las casas de aquellos que combaten, dado que no se puede pelear en la calle y vivir en casa al mismo tiempo. Nada de eso, resulta que España disfrutaba de la paz más profunda, y que habíamos recorrido cincuenta leguas, de Bayona a Madrid, sin toparnos en nuestra ruta con la menor guerrilla, el más insignificante ladrón o ratero; y resulta, por último, que encontrábamos las calles de Madrid en su soledad matinal y cubiertas de teatros foráneos, construidos con anticipación para las fiestas de las que habíamos venido a tomar parte: no nos quedaba otro recurso que alojarnos en un teatro. Era tan magnífico como desesperante.



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