De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Nos pusimos a buscar, dejando nuestro equipaje en la oficina; nos dimos de narices con todos los hoteles de Madrid, visitamos todas las residencias amuebladas, todas las casas de pupillos:[21] ni una habitación, ni una buhardilla, ni una cabina donde alojar a un grumete, un cobolt,[22] un enano. Ante cada nueva decepción, salíamos otra vez a la calle. Nos interrogábamos con la mirada; luego, las orejas cada vez más gachas, proseguíamos nuestra investigación.
Habíamos visitado todo, habíamos perdido incluso esa última esperanza que no se pierde hasta el momento final, cuando por azar alcé la cabeza y leí estas palabras encima de una puerta todavía cerrada: «Monnier, librero francés». Lancé un grito de alegría; era imposible que un compatriota nos negara hospitalidad en su casa, o no nos ayudase con toda su energía para encontrarla en otra parte. Busqué otra puerta que no fuese la del comercio, y encontré una puerta de entrada sobre la cual estaban escritas estas tres palabras: Casa de Baños. Era un milagro de suerte. Aquello que más necesitábamos, después de una casa amueblada, era una casa de baños.