El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Llueve —dice—, esta noche no ocurrirá nada.
Por esta ventana entreabierta penetraron las últimas vibraciones del reloj que tocaba las diez.
He ahà lo que ocurrÃa en ParÃs durante esta noche del diez de marzo, haciendo que, en este silencio amenazante, las casas permanecieran mudas y sombrÃas, como sepulcros poblados sólo por muertos.
Los únicos habitantes de la ciudad que se aventuraban por las calles eran las patrullas de guardias nacionales, las cuadrillas de ciudadanos de las secciones, armadas al azar y los policÃas, como si el instinto advirtiera que se tramaba algo desconocido y terrible.
Esa noche, una mujer envuelta en un manto color lila, la cabeza oculta por el capuchón del manto, se deslizaba arrimada a las casas de la calle Saint-Honoré, escondiéndose en algún portal cada vez que aparecÃa una patrulla, permaneciendo inmóvil como una estatua, reteniendo el aliento hasta que pasaba la patrulla, para continuar su rápida e inquieta carrera.
HabÃa recorrido impunemente una parte de la calle Saint-Honoré cuando, en la esquina de la calle Grenelle, se tropezó con una cuadrilla de voluntarios cuyo patriotismo se encontraba exacerbado a causa de los numerosos brindis que habÃan hecho por sus futuras victorias. La pobre mujer lanzó un grito y trató de huir por la calle del Gallo.