El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja En cuanto se admitieron estas tres proposiciones, se escuchó un enorme griterío. La Convención estaba habituada a las visitas del populacho. Preguntó de qué se trataba y se le contestó que una comisión de voluntarios deseaba presentarse ante ella. Enseguida se abrieron las puertas y seiscientos hombres medio borrachos, armados de sables, pistoletes y picas, desfilaron entre aplausos, pidiendo a gritos la muerte para los traidores.
Collot d’Herbois les prometió salvar la libertad pese a las intrigas; y acompañó sus palabras con una mirada a los girondinos que hizo comprender a estos que todavía estaban en peligro.
Terminada la sesión, los montañeses se dirigieron a los otros clubs y propusieron poner fuera de la ley a los traidores y degollarlos esa noche.
Louvet vivía en la calle Saint-Honoré, cerca del club de los Jacobinos; su mujer entró en el club, atraída por las voces y escuchó la proposición. Subió a toda prisa para prevenir a su marido que, tras armarse, corrió de puerta en puerta para advertir a sus amigos, a los que encontró reunidos en casa de Pétion, deliberando sobre un decreto que querían presentar al día siguiente. Les cuenta lo que ocurre, incitándoles a tomar, por su parte, alguna medida enérgica.
Pétion, calmoso e impasible como de costumbre, se dirige a la ventana, mira al cielo y extiende su brazo que retira chorreando.