El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Y se aproximó a la puerta del torreón.
—¡Eh! ¡Tison! —gritó una voz estentórea.
—¿Mi general? —respondió este, deteniéndose en seco.
—Hoy no hay salida —dijo Santerre—. Las prisioneras no abandonarán su habitación.
Dixmer y Morand cambiaron una lúgubre mirada y se fueron a pasear entre la cantina y el muro que daba a la calle de Porte-Foin, donde Morand empezó a medir la distancia con pasos.
—¿Cuánto? —preguntó Dixmer.
—De sesenta a setenta y un pies —respondió Morand.
—¿Cuántos dÃas se necesitarán?
—Siete por lo menos.
—Maurice está de guardia dentro de ocho dÃas. Es absolutamente necesario que dentro de ocho dÃas nos hayamos reconciliado con él.
Sonó la media. Morand tomó su fusil suspirando y, conducido por el cabo, fue a relevar al centinela que se paseaba por la torre.