El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —¿No se pasea la austrÃaca normalmente de doce a una? —preguntó Dixmer a Tison, que pasaba ante la cabaña en ese momento.
—De doce a una exactamente —contestó. Y se puso a cantar—:
La señora sube a su torre…
Mire usted, mire usted qué pena.
Esta nueva bufonada fue acogida con risas por parte de todos los guardias nacionales.
Dixmer llamó a los hombres de su compañÃa que debÃan hacer guardia de once y media a una y media, e hizo tomar las armas a Morand para colocarle, tal como estaba convenido, en el último piso de la torre, en la misma garita donde se habÃa escondido Maurice el dÃa en que habÃa interceptado las señales hechas a la reina desde una ventana de la calle Porte-Foin.
De pronto, un ruido sordo se escuchó en la lejanÃa como un huracán de gritos y rugidos. El ruido se hacÃa cada vez más amenazante, se oÃa rodar la artillerÃa, y un montón de gente gritando pasó cerca del Temple.
—¡Vivan las secciones! —gritaban—. ¡Viva Hanriot! ¡Abajo los brissotinos[9]! ¡Abajo los rolandistas[10]! ¡Abajo la señora Veto!
—Bueno, bueno —dijo Tison, frotándose las manos—; voy a abrir a la señora Veto para que goce sin trabas del amor que le tiene su pueblo.