El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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La mujer pidió cinco minutos para ir a buscarlo.

—Sí, ve —dijo el capitán—, y entretanto descenderemos a la cueva para elegir el vino nosotros mismos.

La viuda Plumeau salió corriendo mientras el capitán y el cazador, provistos de una vela, levantaban la trampa y bajaban a la cueva.

—Bien —dijo Morand, tras efectuar un ligero examen—; la cueva avanza en dirección de la calle Porte-Foin. Tiene de nueve a diez pies de profundidad y nada de albañilería. El suelo es de tipo gredoso, y está formado por tierras traídas hasta aquí desde otro lugar. Todos estos jardines han cambiado muchas veces, por lo que no hay el menor vestigio de rocas.

—¡Rápido! —exclamó Dixmer—; ya oigo los zuecos de nuestra cantinera; coja dos botellas de vino y subamos.

Aparecieron ambos por el orificio de la trampa en el momento en que entraba la señora Plumeau, llevando el queso de Brie pedido con tanta insistencia. Tras ella llegaron varios cazadores, seducidos por la buena apariencia del susodicho queso.

Dixmer hizo los honores: ofreció veinte botellas de vino a su compañía, mientras el ciudadano Morand contaba historias de la antigua Roma.

Sonaron las once. A las once y media se cambiaba la guardia.


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