El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —Ciudadano general: el ciudadano Maurice Lindey está enfermo y te ruego que me admitas en su puesto; aquà está el certificado médico; mi turno de guardia era dentro de ocho dÃas y lo he cambiado con él.
El capitán y el cazador se habÃan mirado con una alegre sorpresa.
—Dentro de ocho dÃas —se dijeron.
—Capitán Dixmer —gritó Santerre—, tome posición con su compañÃa en el jardÃn.
Resonó el tambor, y la compañÃa, conducida por el curtidor, se alejó en la dirección prescrita.
En el jardÃn, a unos veinticinco metros del muro, por la parte de este que daba a la calle Porte-Foin, se levantaba una especie de caseta donde podÃan proveerse de comida y bebida los guardias nacionales; estaba regida por la señora Plumeau, excelente patriota, viuda de un arrabalero caÃdo el 10 de agosto.
La cabañita se componÃa de una sola habitación de doce pies cuadrados, bajo la que se extendÃa la cueva donde la viuda Plumeau guardaba sus vÃveres.
El capitán y el cazador entraron en la taberna y la señora Plumeau ofreció al primero, vino de Saumur, pero este, tras observar que no habÃa en la cantina queso de Brie, aseguró que, para él, el famoso vino no valÃa nada si no iba acompañado de dicho comestible.
—Y date cuenta —le dijo— que la consumición valÃa la pena, pensaba invitar a toda la compañÃa.