El caballero de la casa roja

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Geneviève dejó caer su cabeza entre las manos. Dixmer la miró un instante y se esforzó en sonreír.

—Vamos; querida —dijo—; nada de amor propio; si Maurice quiere hacerle otra declaración, ríase de la segunda como ha hecho con la primera. Yo la conozco, Geneviève. Usted es un corazón digno y noble. Estoy seguro de usted. Geneviève, he hecho mal en hacerle pasar por todas estas angustias. Debería haber empezado por decirle que estamos en una época de grandes sacrificios. Yo he sacrificado a la reina mi brazo, mi cabeza y mi felicidad; otros le dieron su vida. Yo haré más que dar mi vida, yo arriesgaré mi honor, aunque no corre ningún riesgo si está guardado por una mujer como mi Geneviève.

Esta era la primera vez que Dixmer reveló certeramente su pensamiento.

Geneviève irguió la cabeza, fijó en él sus bellos y rasgados ojos llenos de admiración, levantóse lentamente y le presentó su frente para que la besara.

—¿Lo quieres? —dijo.

Dixmer hizo con la cabeza una señal afirmativa.

Geneviève se puso en pie, tomó una pluma y le pidió que dictara la carta; pero Dixmer replicó que eso sería engañar a Maurice, la carta debía escribirla ella misma. Luego, besó la frente de su esposa, le dio las gracias y salió. Entonces, Geneviève escribió temblando:


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