El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —¡Dios mío! ¿Es posible que no comprenda las causas de mi resistencia y me obligue a hablar?
Geneviève inclinó la cabeza sobre el pecho y dejó caer los brazos a lo largo de los costados con gesto de abatimiento. Dixmer tomó su mano y estalló en una risa que parecía forzada.
—Ya veo de qué se trata —dijo—. Tiene razón. He estado ciego. Usted, con todo su espíritu y distinción, se ha dejado prender en una banalidad, ha tenido miedo de que Maurice se enamorara de usted. He adivinado, ¿no? Tranquilícese. Conozco a Maurice; es un feroz republicano sin otro amor que el de la patria.
—¿Está seguro de lo que dice?
—Sin duda. Si Maurice la amara, en vez de enfadarse conmigo, hubiera multiplicado las atenciones con quien tenía interés de engañar. Si la amara no hubiera renunciado tan fácilmente al título de amigo de la casa, con cuya ayuda suelen encubrirse este tipo de traiciones.
—No bromee con estas cosas, por favor.
—No bromeo; le digo que Maurice no le ama. Eso es todo.
—Y yo le digo que se equivoca.
—En ese caso, quien ha tenido la fuerza de alejarse antes que traicionar la confianza de su huésped, es un hombre honrado. ¿Escribirá a Maurice, verdad?