El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —¡Bravo!, ¡bravo! —exclamó Maurice palmoteando—. ¡BravÃsimo!
Y en esto echó a correr con toda su alma, bajó la escalera de cuatro en cuatro escalones; llegó al muelle y se encaminó hacia la tan conocida calle de Saint-Jacques.
Lorin aseguró al criado que Maurice estaba peor de lo que creÃa, y descendió la escalera con paso tranquilo. Apenas llegó el joven a la calle Saint-Honoré, con su azahar en flor en la mano, una turba de jóvenes le siguieron respetuosamente, tomándole por uno de los virtuosos a los que Saint-Just habÃa propuesto ofrecer un traje blanco y un ramo de azahar. Como el cortejo crecÃa sin cesar, porque resultaba raro un hombre virtuoso, cuando el ramo de flores le fue ofrecido a Artemisa se habÃan congregado varios miles de jóvenes; y este homenaje levantó dolor de cabeza a muchas otras razones que estaban presentes.
Esa misma tarde se extendió por ParÃs la famosa canción:
¡Viva la diosa Razón!
Llama pura, dulce luz.
Y como que hasta el presente se ha ignorado él nombre de su autor, cuya circunstancia ha ejercitado mucho la sagacidad de los arqueólogos revolucionarios, casi nos atrevemos a suponer que fue hecha en obsequio de la bella Artemisa por nuestro amigo Maximilian Lorin.