El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Lo más extraordinario fue que Maurice a quien sin duda la felicidad había hecho ya menos escrupuloso, se rio también, y no solo eso, sino que además cortó un pie de naranjo cubierto de flores y le dijo a Lorin:

—Toma, ves a ofrecer de mi parte este ramo a la diosa viuda de Mausoleo.

—¡Lo haré con mucho gusto! —dijo Lorin, esto es lo que se llama una bella galantería y por lo tanto te perdono. Por otra parte según todas las apariencias es de entender que estás enamorado y yo profeso siempre el más profundo respeto a los grandes infortunios.

—Sí, estoy enamorado, —exclamó Maurice, con el corazón palpitante de alegría— estoy enamorado, y ahora puedo confesarlo, puesto que ella me ama; porque eso de escribirme prueba que me ama, ¿no es verdad, Lorin?

—No cabe duda —respondió el adorador de la diosa Razón— pero ándate con cuidado, Maurice, porque sí decir verdad tu alegría me da que temer.

No escuches cuando una Ejeria

te declara amor sincero

que a veces son falsedades

y del Dios Cupido enredos.

La mujer es muy astuta

y al hombre cautiva luego,

yo que adoro a la razón

no temas que pierda el seso.


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