El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Maurice aseguró que los amigos espirituales resultaban muy molestos, y se disponía a maldecir cuando entró su criado con una carta. El joven tendió la mano descuidadamente, pero apenas la hubo tocado, se estremeció, devoró con la mirada la letra y el sello, rompió este y leyó con toda su alma las pocas líneas de Geneviève. Releyó la carta varias veces y después se quedó mirando a Lorin como atontado.

—¡Diablo! —exclamó Lorin—. Parece que encierra buenas noticias.

Maurice releyó la carta una vez más, lanzó un profundo suspiro y, olvidando de pronto su enfermedad, saltó de la cama.

—¡Mi ropa! —gritó al estupefacto criado—. ¡Oh!, querido Lorin, lo aguardaba a diario pero, la verdad, no lo esperaba. Un calzón blanco, una camisa con chorreras; ¡qué se me peine y afeite inmediatamente!

El criado se apresuró a ejecutar las órdenes de Maurice.

—¡Volverla a ver! —exclamó Maurice—. En verdad no he sabido hasta ahora lo que era la felicidad.

—Pobre Maurice, dijo Lorin, creo que tienes necesidad de hacer la visita que te aconsejaba.

—¡Oh!, querido amigo, exclamó Maurice, perdóname, porque he perdido mi razón.

—En ese caso yo te ofrezco la mía, dijo Lorin riéndose al poner en juego esas palabras equívocas.


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