El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Déjame tranquilo con tus locuras. Estoy triste, tú lo sabes.

—Razón de más, ¡voto a bríos! Ella te alegrará, es una buena chica… ¡Eh!, pero si tú conoces a la austera diosa que los parisienses van a coronar de laureles y pasear en un carro de papel dorado. Es… adivina…

—¿Cómo quieres que adivine?

—Es Artemisa. Una morenaza a la que conocí el año pasado… en el baile de la Opera. Ella es quien tiene más posibilidades; yo la he presentado al concurso y todos los Termópilas me han prometido sus votos. Dentro de tres días será la elección. Hoy celebraremos una comida preparatoria y derramaremos el champaña; pasado mañana, quizá derramaremos la sangre. Pero, que se derrame lo que se quiera, ¡Artemisa será diosa o que el diablo me lleve! Ven, le pondremos la túnica.

—Gracias, siempre he sentido repugnancia por ese tipo de cosas.

—¿Por vestir a las diosas? Bien, veamos si esto puede distraerte: yo le pondré la túnica y tú se la quitarás.

Maurice replicó que estaba enfermo y sin alegría, y se quedaba en la cama. Lorin se rascó la oreja y dijo:

—Ya veo de que se trata: esperas a la diosa Razón.


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