El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Dice que si las charreteras no bastan para que se respete a un oficial, el sable hará que se respeten las charreteras —replicó el joven al tiempo que retrocedía un paso y, desplegando los pliegues de su capa, hacía brillar un largo y sólido sable de infantería a la luz de un farol. Después, con un movimiento rápido que revelaba cierta costumbre en el manejo de las armas, apresando al jefe de los voluntarios por el cuello de la casaca y apoyándole en la garganta la punta del sable, dijo—: Ahora charlaremos como dos buenos amigos. Y te prevengo que al menor movimiento que hagáis tú o tus hombres, atravieso tu cuerpo con mi sable.

Entretanto, dos hombres de la cuadrilla continuaban reteniendo a la mujer.

—Me has preguntado quién soy —continuó el joven—, y no tienes derecho a hacerlo porque no mandas una patrulla regular. No obstante, te lo voy a decir: me llamo Maurice Lindey y he mandado una batería de cañones el diez de agosto. Soy teniente de la Guardia Nacional y secretario de la sección de Hermanos y Amigos. ¿Té basta con eso?

—¡Ah! Ciudadano teniente —respondió el jefe, amenazado por la hoja cuya punta presionaba cada vez más en su garganta—. Si eres realmente lo que dices, es decir, un buen patriota…


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