El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Sí, morir u olvidar.

—¿Usted podría olvidar? —exclamó Geneviève, con lágrimas en los ojos.

—¡Oh! No, no —murmuró Maurice, cayendo de rodillas—; morir quizás, olvidar jamás.

—Y sin embargo, sería lo mejor —dijo Geneviève—; porque este amor es criminal.

—¿Le ha dicho usted esto al señor Morand?

—El señor Morand no es un loco como usted; y nunca he tenido necesidad de indicarle el comportamiento que debe observar en casa de un amigo.

Maurice continuó manifestándose celoso de Morand, y Geneviève le aseguró que el socio de su marido nunca le había dirigido una palabra de amor, porque amaba a una mujer que eclipsaba a todas las demás.

—Entonces, si usted no me ama… ¿podría jurarme al menos que no ama a otro? —preguntó Maurice.

—Se lo juro de todo corazón.

Maurice tomó las manos de Geneviève y las cubrió de besos ardientes.

Prometió a la joven ser confiado y generoso, e intentar no exigir de ella nada más. Se oyeron pasos en el patio, y los dos jóvenes se estrecharon la mano furtivamente.


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