El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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Al pasar por el jardín, la joven le mostró los claveles marchitos, culpándole de su abandono.

—Sin embargo —replicó Maurice—, exigen muy poco: solamente algo de agua, y mi marcha le dejó mucho tiempo para regarlos.

—¡Ah! —dijo Geneviève—. Si las flores se regaran con lágrimas, estos pobres claveles, como usted los llama, no estarían muertos.

Maurice la rodeó con sus brazos, la aproximó vivamente contra él, y antes de que ella tuviera tiempo de defenderse, acercó sus labios al ojo medio sonriente, medio lánguido, que miraba la desolada maceta de claveles.

Geneviève tenía tantas cosas que reprocharse que fue indulgente.

Dixmer regresó tarde, y encontró en el jardín a Morand, Geneviève y Maurice hablando de botánica.




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