El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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—Sólo que debemos tener el aire de los curiosos crueles que, desde el otro lado de una reja, gozan con los sufrimientos de un prisionero —dijo Geneviève.

—¿Y por qué no lleva a sus amigos al camino de la torre? —dijo la señora Tison—. La Capeto se pasea hoy por allí con su hermana y su hija.

Geneviève cambió una mirada con Morand.

—Amigo mío —dijo la joven—, la ciudadana tiene razón. Si usted quisiera colocarme en un sitio por donde pase María Antonieta, me repugnaría menos que verla desde aquí. Me parece que esta manera de observar a las personas es humillante para ellas y para nosotros.

—¡Pardiez, ciudadana! —exclamó uno de los colegas de Maurice, que estaba en la antecámara desayunando pan con salchichas—. Si usted fuera la prisionera y la viuda Capeto tuviera curiosidad de verla, no pondría tantos cuidados para darse ese gusto, la bribona.

Geneviève se volvió a Morand para comprobar el efecto que le hacían estas injurias. En efecto, Morand se estremeció y sus puños se crisparon.

—¿Cómo se llama ese municipal? —preguntó la joven a Maurice.

—Es el ciudadano Mercevault, un cantero.

Mercevault le oyó y lanzó una mirada de reojo sobre Maurice.


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