El caballero de la casa roja

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—Vamos, vamos —dijo la señora Tison—; termina tu salchicha y tu media botella, que quiero recoger la mesa.

—¿No es culpa de la austriaca si las acabo a estas horas? —refunfuñó el municipal—. Si ella hubiera podido hacerme matar el diez de agosto, lo hubiera hecho sin vacilar; el día en que ella estire la pata, yo estaré en primera fila, firme en mi puesto.

Morand palideció como un muerto.

Geneviève pidió al joven que les llevara rápidamente al lugar prometido, y él les condujo a un pasillo del piso alto, donde les instaló de manera que las prisioneras tuvieran que pasar ante ellos cuando subieran.

Como el paseo estaba señalado para las diez y sólo faltaban unos minutos para esa hora, Maurice no dejó solos a sus amigos, y para evitar cualquier sospecha, retuvo a su lado al ciudadano Agrícola, al que se había encontrado por el camino.

Sonaron las diez.

—¡Abrid! —gritó abajo la voz de Santerre.

Enseguida la guardia tomó sus armas y los centinelas aprestaron las suyas; se cerraron las rejas y el patio resonó con un ruido de hierros, piedras y pasos que impresionó vivamente a Morand y Geneviève, porque Maurice vio palidecer a ambos.

—¡Cuántas precauciones para guardar a tres mujeres! —murmuró Geneviève.


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