El caballero de la casa roja

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—Sí —dijo Morand—; si los que intentan liberarlas estuvieran aquí y vieran esto, desistirían de su empeño.

—Así lo espero —respondió Maurice. E inclinándose sobre la barandilla de la escalera, dijo—: ¡Atención! Ya están aquí las prisioneras.

Geneviève pidió a Maurice que le indicara cuál de las tres mujeres era la reina; así lo hizo el municipal, y la joven avanzó un paso, mientras Morand retrocedía hasta quedar apoyado contra la pared.

La hermana y la hija de María Antonieta pasaron de largo, tras lanzar a los extraños una mirada de asombro; la primera pensó que serían los amigos anunciados por las señales, y dejó caer su pañuelo para advertir a la reina. Esta llegó ante Geneviève y se detuvo para admirar sus flores; rápida como el pensamiento, Geneviève tendió su mano hacia ella para ofrecerle el ramo. Entonces, María Antonieta levantó la cabeza, y un imperceptible rubor apareció en su frente descolorida.

Maurice, por la costumbre pasiva de la obediencia al reglamento, extendió la mano para sujetar el brazo de Geneviève. La reina permaneció dudosa, y mirando a Maurice, le reconoció como el joven municipal que acostumbraba a hablarla con firmeza, pero con respeto.

—¿Está prohibido, señor? —preguntó.

—No, no, señora —dijo Maurice—. Geneviève, puede ofrecerle su ramo.


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