El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Durante todo el día se buscó en el patio, el jardín y los alrededores el papelito que causaba tanto revuelo y que, no podía ponerse en duda, encerraba un complot.
Se interrogó a la reina tras separarla de su hermana y su hija; pero no respondió otra cosa sino que se había encontrado en la escalera con una joven que llevaba un ramo de flores y se había contentado con coger un clavel de los que le había ofrecido; sin embargo, lo había cogido con consentimiento del municipal. Cuando le llegó su turno a Maurice, confirmó la declaración de la reina, y añadió que era imposible la existencia de un complot, ya que él mismo había propuesto a la ciudadana Dixmer la visita a la reina, y las flores se las había comprado a una florista en la esquina de la calle Vieilles-Audriettes, eligiendo el ramo entre diez o doce por parecerle el mejor.
—Pero, durante el camino se ha podido meter en él la nota —objetó el presidente.
—Imposible, ciudadano. No he dejado un minuto a la señora Dixmer, y para poner una nota en cada flor, según pretende el ciudadano Simon, se necesitaría medio día.
—¿Y no se pueden haber colocado entre esas flores dos notas preparadas de antemano?